Me arden las yemas de los dedos cuando toco los estribos de mis recuerdos. Veo un mensaje que se perdió intentando aprender un idioma, imposible de entender.

Las mañanas son ahora más cercanas a mi pasado que a esta extraña realidad. Y las tardes pasan, cálidas, con largos dedos de piano, con música descendiendo suavemente por las curvas de mi presente torbellino.

Salvarse en un bote que desafía a la tormenta y encontrar un puerto en el que poder continuar. Con lo aprendido en el viaje, con las heridas lavadas con salitre, con las arrugas teñidas de experiencia.

Imaginé un día soleado que no terminaba jamás. Una estantería con libros en el salón y un vaso de vino, siempre lleno. Pero las palabras se pierden en grises de asfalto y entre la muchedumbre no reconozco ese olor que resultó tan cercano.

Encontré paz y cercanía en las alturas musicales de Bruselas. Refugiada entre comics, enterrada bajo una manta. Miro por la ventana y poquito a poco dejo el pasado marchar.

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Sueños amontonados

En un regla de proporción directa, vivo una vida de sueños acumulados, de atracones de pasión, de colapsos de realidades paralelas, cortantes y frías como el hielo.

Sueño con el norte y el sur, con la roca, con las pecas de mi cara multiplicándose en mi cara bajo los rayos del sol. Sueño con melodías flamencas que me abandonan en la calma de las nieblas. Sueño con tarareos del sur que elevan mis brazos, que mueven mis caderas.

Soñé con tranquilidad, soñé con aventura, y entre tanto sueño dejé de ser yo misma.

Soñé con ser madre, con enseñar pedacitos de libertad. Soñé con ser una mujer de las de verdad y tan solo me perdí en la eterna búsqueda alrededor de mis caderas.

Los meses de niebla bajan los sueños a la tierra, derrumban el vuelo de la mente, mantienen la tierra fría y ausente. Avanzando hacia la primavera hoy tan solo sueño en verano. Un poco de sol, para borrar el vacío de mi vientre, un poquito de sol para llenarme de pecas.

Quiero soñar con realidad, sentir mi piel entrelazada en el infinito de la hunanidad. Quiero soñar poquito, pero intenso.

Me duele el dedo índice. Consecuencia sintomática de un ratón de ordenador activo.
Por la mañana desperté con dolor de cabeza. Lo supe a las 2 de la mañana, a las 3, a las 4 y a las 6. Sí, supe que no podía dormir.
Le he pedido a un príncipe flamenco toneladas de pegamento. Para pegarme a la silla y escribir sin tener miedo.
No es sencillo desentrenar la mente para pensar que la seguridad del nido no sirve de nada si no persigues tus sueños.
Me dices que siempre tengo suerte. Todo sale bien. Pronto se olvidan las incertidumbres y todas las puertas equivocadas abiertas en el pasado.
Otra vez me vuelvo a entretener haciendo las maletas en la piscina. Elijo las camisetas en dos largos, me peleo con las sábanas en el décimo, la estantería, los libros y los cuadros pasados los cuarenta.
¿Cuántas veces me has preguntado qué quiero hacer hasta que al menos pude dejar de decir “no sé”?

PERSONAjes de la A a la F

A.- Una vez conocí a un hombre que se cortaba el pelo él mismo. Cada mañana se ponía un pequeño espejo en la nuca y recortaba los pelitos del cuello que cada noche se empeñaban en crecer sin parar. Cuando terminaba se subía a la báscula y se enfadaba al comprobar que, a pesar de su cuello guillotinado, las galletas de chocolate de la noche anterior no se veían compensadas en la bascula. “¿Ves cielito? Si es que te empeñas en darme galletas…”. Lo más grave. Llamarme cielito.

B.- Hace muchos años compartí piso con una enfermera húngara. Al igual que yo, le encantaba correr y practicar todo tipo de deportes. ¡No había más que verla! Su vientre era plano y duro y en una ocasión me confesó que no podía llevar botas porque ninguna bota era suficientemente ancha para sus gemelos musculados. Por las mañanas se levantaba y nos despertaba a todos con el peso de sus gemelos golpeando las baldosas de la cocina. Para desayunar comía siempre sandía, la cual cortaba con un machete. El día que nos enfadamos le hizo el harakiri a la sandía. Evité encontrarme con ella de nuevo hasta que conseguimos que abandonara el piso.

 

C.- No siempre coincidimos con nuestra media naranja. Como en los puzzles, hay que probar con muchas fichas antes de conseguir encajar una de ellas. Él escalaba y era de color naranja. Yo escalaba y se podría decir que, por ende, también era de color naranja. Yo llegaba a pie de vía con mi mochila, él se empeñaba en subir con una pequeña maleta con ruedas. ¿Para qué cargar la espalda si se puede llevar el material sobre ruedas? Todo el romanticismo que envuelve el mundo de la montaña perdido en la más absoluta lógica de samsonite. El día que le dejé-dos semanas después- me entregó una copia de nuestro acuerdo de separación: bajo ningún concepto nos pondríamos en contacto de nuevo salvo en caso de fallecimiento de un familiar. Rompí el contrato en pedazos y le di una patada a su trolley antes de salir del bar.

 

D.- En una noche de verano de Madrid conocí a un corredor escocés. Una de esas tantas veces en las que no te acuerdas quién presentó a quién si en realidad te ibas a quedar en casa viendo una película…Íbamos de bar en bar a golpe de sprint y nos contábamos carreras y entrenamientos. En aquellos tiempos no existía ni strava ni facebook. Quedamos en vernos en Londres pero le di plantón. Las fotos diarias de sus carreras vestido en distintos estilos de kilt en facebook me hicieron dudar.

 

E.- La única y última vez que hice un viaje nocturno en autobús, le supliqué al conductor que me abandonase a mi suerte en el desierto de los Monegros. Mientras los pasajeros se acomodaban en la estación de Madrid, sentí un olor nauseabundo llegando a mi nariz: mi compañero de viaje. Con una camisa y unos pantalones que habían sido delicadamente rebozados en mierda, sacó una lupa y se dispuso a comenzar su ruta intelectual desde el principio: Volumen 1 de la enciclopedia Larousse, letra A. Cuando a su olor se habían unido los de las vomitonas de los pasajeros adyacentes y mi sentido del olfato se encontraba atrofiado, mi cerebro decidió dormir. “¡Pero despierta! ¡Que ya hemos llegado!”. Jamás he vuelto a viajar de noche en autobús.

 

F.-  Durante muchos años tuve una amiga muy especial. A pesar de que tenía una sonrisa preciosa se empeñaba en esconderla. Siempre parecía contrariada con el mundo y consigo misma. En el fondo creo que era muy tímida, quizás miedosa, algo trsite. Cada vez que se encontraba con alguien con la calle, se subía el cuello del abrigo escondiendo la cara: si no veo el mundo, el mundo no me puede ver. Le gustaba viajar y yo la esperaba ansiosa para escuchar sus increíbles historias sobre lugares de ensueño, aunque estos momentos no duraban mucho. Era una chica solitaria, reacia al compromiso y a la intimidad. Se encontraba siempre con personajes curiosos y vivía historias de amor imposibles. La intensidad de la brevedad.

To the top

To the topCon casi 35 llevo muchas montañas escaladas. No sé muy bien de dónde viene esa afición por subir, bajar, serpentear, necesitar perder el norte y el sur, desatarme las botas y sentir la tierra bajo mis pies. Son muchas montañas, sola y acompañada, sencillas e imposibles.

En dulce recuerdo vuelvo al centro, a ese cerro donde de madrugada y en el atardecer escondía mensajes en un buzón. “Ahora tienes que subir a leer”. Y así, creíamos que nos enamorábamos, primero tú y luego yo.

Ahora que me voy a la planicie pienso en muros de caliza y granito. ¡Qué ironía! Paredes naranjas en aquel lugar donde, sí, allí, como todos los demás, también fui una expatriada. Los del norte y los del sur, los del ejque y los de las erres marcadas. Subiendo, respirando, riendo y soñando con aquel futuro que es hoy presente.

Tantas montañas escaladas sola, con cabezonería, buscando el agotamiento, llegar arriba y no querer ya pensar en nada más. Dejarme abrazar por el viento, volver y sentir que, en realidad, soy pequeña por dentro y grande por fuera, y que al final del día, no es tan importante y en realidad tampoco pasa nada.

Hoy siento que quizás esté en esa crisis de la frontera entre la juventud y la plenitud y que alguna montaña despistada se merece unas pisadas de liberación y recoger mi exhalación con un poco de calor. Tanto en todo que hoy necesito algo de aire y no hablar. Subir, mirar a mi alrededor y simplemente dejar que el tiempo pase. Recoger todo eso que es solo mío y quizás dejarlo en un buzón…

Entonces, tendréis que subir a leer.

Hoy me he quedado todo el día en casa o, más bien, en este lugar al que he llamado casa durante los últimos siete meses. Necesitaba cerrar la puerta, sumergirme en las palabras y vibrar con el silencio. Cerrar los ojos y respirar profundo antes de terminar de saltar del todo, antes de dejar atrás estos años de transición en un lugar cómodo y lineal pero donde nunca nada pasa.
Miro mis libros, mis fotos, un botón azul y una caja con esencias. Todas esas pequeñas cosas que me acompañan en este destino nómada que me persigue y que también me llena de vida. Hoy estoy aquí, donde yo estoy y donde está mi ropa, aunque siento que ya no estoy aquí, a dos metros de la puerta que separa mi cama de la ciudad. Camino por la calle y de nuevo me siento turista. Me quedo en casa y mi mente no sabe ya en qué idioma pensar. Los sueños se entremezclan porque tú me hablas en inglés y el mundo gira en flamenco. Ni siquiera mi acento es el que hasta hace poco fue, así que cocino sin parar buscando en cada raíz el asentamiento natural de esta transición. Mastico todo despacito, para no atragantarme en la carrera. En la calle me fijo en todas las baldosas, en cada esquina, en las hojas de los árboles. Quizás, cuando vuelva, sean de ese color ocre que tanto me gusta.
Me quedan semanas de ir cerrando poco a poco. Durante mucho tiempo quise decidir el cambio pero tuve que esperar a que el cambio viniese a mí en forma de tormenta. Si hubiese sabido antes…Aunque ahora ya da igual. Esto me lo llevo y esto no. Pronto tendré atascos y horizontes infinitos y, sin buscarlo, estaré en ese pequeño deseo que pedí una vez en Brujas cuando era pequeña: “yo, de mayor, quiero vivir en el norte”. 
No tengo la sensación de irme, sino de que me llevan. Me abrazaron y tengo un camino acolchado con bolas de algodón que atraviesa todo Francia, hasta llegar a tierras flamencas. No sé si soy valiente, o si simplemente no conozco otra forma de actuar, supongo que antes siempre iba buscando y esta vez tan sólo me dejé encontrar. Por supuesto que me pregunto qué pasará, qué haré, y si…Pero también me permito soñar, porque la realidad es luego siempre la que es, sueñes o no sueñes. 
Cuando despierto, recuerdo que aún tengo mucho que hacer aquí. Quizás nada en particular, pero quizás lo que nunca hice en otros lugares pensando que volvería pronto. Pasear sin rumbo y sin hora, tomar café y sentarme a observar. Ese sendero en la montaña que siempre dejé para el final, o ese té pendiente que nunca pudimos apañar. También, quizás, un último post antes de marchar.