Me duele el dedo índice. Consecuencia sintomática de un ratón de ordenador activo.
Por la mañana desperté con dolor de cabeza. Lo supe a las 2 de la mañana, a las 3, a las 4 y a las 6. Sí, supe que no podía dormir.
Le he pedido a un príncipe flamenco toneladas de pegamento. Para pegarme a la silla y escribir sin tener miedo.
No es sencillo desentrenar la mente para pensar que la seguridad del nido no sirve de nada si no persigues tus sueños.
Me dices que siempre tengo suerte. Todo sale bien. Pronto se olvidan las incertidumbres y todas las puertas equivocadas abiertas en el pasado.
Otra vez me vuelvo a entretener haciendo las maletas en la piscina. Elijo las camisetas en dos largos, me peleo con las sábanas en el décimo, la estantería, los libros y los cuadros pasados los cuarenta.
¿Cuántas veces me has preguntado qué quiero hacer hasta que al menos pude dejar de decir “no sé”?

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PERSONAjes de la A a la F

A.- Una vez conocí a un hombre que se cortaba el pelo él mismo. Cada mañana se ponía un pequeño espejo en la nuca y recortaba los pelitos del cuello que cada noche se empeñaban en crecer sin parar. Cuando terminaba se subía a la báscula y se enfadaba al comprobar que, a pesar de su cuello guillotinado, las galletas de chocolate de la noche anterior no se veían compensadas en la bascula. “¿Ves cielito? Si es que te empeñas en darme galletas…”. Lo más grave. Llamarme cielito.

B.- Hace muchos años compartí piso con una enfermera húngara. Al igual que yo, le encantaba correr y practicar todo tipo de deportes. ¡No había más que verla! Su vientre era plano y duro y en una ocasión me confesó que no podía llevar botas porque ninguna bota era suficientemente ancha para sus gemelos musculados. Por las mañanas se levantaba y nos despertaba a todos con el peso de sus gemelos golpeando las baldosas de la cocina. Para desayunar comía siempre sandía, la cual cortaba con un machete. El día que nos enfadamos le hizo el harakiri a la sandía. Evité encontrarme con ella de nuevo hasta que conseguimos que abandonara el piso.

 

C.- No siempre coincidimos con nuestra media naranja. Como en los puzzles, hay que probar con muchas fichas antes de conseguir encajar una de ellas. Él escalaba y era de color naranja. Yo escalaba y se podría decir que, por ende, también era de color naranja. Yo llegaba a pie de vía con mi mochila, él se empeñaba en subir con una pequeña maleta con ruedas. ¿Para qué cargar la espalda si se puede llevar el material sobre ruedas? Todo el romanticismo que envuelve el mundo de la montaña perdido en la más absoluta lógica de samsonite. El día que le dejé-dos semanas después- me entregó una copia de nuestro acuerdo de separación: bajo ningún concepto nos pondríamos en contacto de nuevo salvo en caso de fallecimiento de un familiar. Rompí el contrato en pedazos y le di una patada a su trolley antes de salir del bar.

 

D.- En una noche de verano de Madrid conocí a un corredor escocés. Una de esas tantas veces en las que no te acuerdas quién presentó a quién si en realidad te ibas a quedar en casa viendo una película…Íbamos de bar en bar a golpe de sprint y nos contábamos carreras y entrenamientos. En aquellos tiempos no existía ni strava ni facebook. Quedamos en vernos en Londres pero le di plantón. Las fotos diarias de sus carreras vestido en distintos estilos de kilt en facebook me hicieron dudar.

 

E.- La única y última vez que hice un viaje nocturno en autobús, le supliqué al conductor que me abandonase a mi suerte en el desierto de los Monegros. Mientras los pasajeros se acomodaban en la estación de Madrid, sentí un olor nauseabundo llegando a mi nariz: mi compañero de viaje. Con una camisa y unos pantalones que habían sido delicadamente rebozados en mierda, sacó una lupa y se dispuso a comenzar su ruta intelectual desde el principio: Volumen 1 de la enciclopedia Larousse, letra A. Cuando a su olor se habían unido los de las vomitonas de los pasajeros adyacentes y mi sentido del olfato se encontraba atrofiado, mi cerebro decidió dormir. “¡Pero despierta! ¡Que ya hemos llegado!”. Jamás he vuelto a viajar de noche en autobús.

 

F.-  Durante muchos años tuve una amiga muy especial. A pesar de que tenía una sonrisa preciosa se empeñaba en esconderla. Siempre parecía contrariada con el mundo y consigo misma. En el fondo creo que era muy tímida, quizás miedosa, algo trsite. Cada vez que se encontraba con alguien con la calle, se subía el cuello del abrigo escondiendo la cara: si no veo el mundo, el mundo no me puede ver. Le gustaba viajar y yo la esperaba ansiosa para escuchar sus increíbles historias sobre lugares de ensueño, aunque estos momentos no duraban mucho. Era una chica solitaria, reacia al compromiso y a la intimidad. Se encontraba siempre con personajes curiosos y vivía historias de amor imposibles. La intensidad de la brevedad.

To the top

To the topCon casi 35 llevo muchas montañas escaladas. No sé muy bien de dónde viene esa afición por subir, bajar, serpentear, necesitar perder el norte y el sur, desatarme las botas y sentir la tierra bajo mis pies. Son muchas montañas, sola y acompañada, sencillas e imposibles.

En dulce recuerdo vuelvo al centro, a ese cerro donde de madrugada y en el atardecer escondía mensajes en un buzón. “Ahora tienes que subir a leer”. Y así, creíamos que nos enamorábamos, primero tú y luego yo.

Ahora que me voy a la planicie pienso en muros de caliza y granito. ¡Qué ironía! Paredes naranjas en aquel lugar donde, sí, allí, como todos los demás, también fui una expatriada. Los del norte y los del sur, los del ejque y los de las erres marcadas. Subiendo, respirando, riendo y soñando con aquel futuro que es hoy presente.

Tantas montañas escaladas sola, con cabezonería, buscando el agotamiento, llegar arriba y no querer ya pensar en nada más. Dejarme abrazar por el viento, volver y sentir que, en realidad, soy pequeña por dentro y grande por fuera, y que al final del día, no es tan importante y en realidad tampoco pasa nada.

Hoy siento que quizás esté en esa crisis de la frontera entre la juventud y la plenitud y que alguna montaña despistada se merece unas pisadas de liberación y recoger mi exhalación con un poco de calor. Tanto en todo que hoy necesito algo de aire y no hablar. Subir, mirar a mi alrededor y simplemente dejar que el tiempo pase. Recoger todo eso que es solo mío y quizás dejarlo en un buzón…

Entonces, tendréis que subir a leer.

Hoy me he quedado todo el día en casa o, más bien, en este lugar al que he llamado casa durante los últimos siete meses. Necesitaba cerrar la puerta, sumergirme en las palabras y vibrar con el silencio. Cerrar los ojos y respirar profundo antes de terminar de saltar del todo, antes de dejar atrás estos años de transición en un lugar cómodo y lineal pero donde nunca nada pasa.
Miro mis libros, mis fotos, un botón azul y una caja con esencias. Todas esas pequeñas cosas que me acompañan en este destino nómada que me persigue y que también me llena de vida. Hoy estoy aquí, donde yo estoy y donde está mi ropa, aunque siento que ya no estoy aquí, a dos metros de la puerta que separa mi cama de la ciudad. Camino por la calle y de nuevo me siento turista. Me quedo en casa y mi mente no sabe ya en qué idioma pensar. Los sueños se entremezclan porque tú me hablas en inglés y el mundo gira en flamenco. Ni siquiera mi acento es el que hasta hace poco fue, así que cocino sin parar buscando en cada raíz el asentamiento natural de esta transición. Mastico todo despacito, para no atragantarme en la carrera. En la calle me fijo en todas las baldosas, en cada esquina, en las hojas de los árboles. Quizás, cuando vuelva, sean de ese color ocre que tanto me gusta.
Me quedan semanas de ir cerrando poco a poco. Durante mucho tiempo quise decidir el cambio pero tuve que esperar a que el cambio viniese a mí en forma de tormenta. Si hubiese sabido antes…Aunque ahora ya da igual. Esto me lo llevo y esto no. Pronto tendré atascos y horizontes infinitos y, sin buscarlo, estaré en ese pequeño deseo que pedí una vez en Brujas cuando era pequeña: “yo, de mayor, quiero vivir en el norte”. 
No tengo la sensación de irme, sino de que me llevan. Me abrazaron y tengo un camino acolchado con bolas de algodón que atraviesa todo Francia, hasta llegar a tierras flamencas. No sé si soy valiente, o si simplemente no conozco otra forma de actuar, supongo que antes siempre iba buscando y esta vez tan sólo me dejé encontrar. Por supuesto que me pregunto qué pasará, qué haré, y si…Pero también me permito soñar, porque la realidad es luego siempre la que es, sueñes o no sueñes. 
Cuando despierto, recuerdo que aún tengo mucho que hacer aquí. Quizás nada en particular, pero quizás lo que nunca hice en otros lugares pensando que volvería pronto. Pasear sin rumbo y sin hora, tomar café y sentarme a observar. Ese sendero en la montaña que siempre dejé para el final, o ese té pendiente que nunca pudimos apañar. También, quizás, un último post antes de marchar. 
Como cada día, el Dr. Fernández acudió a su consulta de oftalmología. Era uno de los médicos especializados en cataratas más prestigiosos del país, lo cual le aseguraba no solamente un buen nombre y un estatus económico, sino un futuro sin incertidumbre repleto de tranquilidad. Aquella mañana, su primera entrevista era con el señor Martínez. Ambos, médico y paciente se sentaron uno en frente del otro y se miraron a los ojos.
-Bueno, Dr. Fernández. Usted dirá, ¿cómo va todo?
-En fin…No sé por dónde empezar, no sé si se ha dado cuenta de que el brillo de mis ojos ya no es el mismo de siempre. Es algo extraño. ¿Usted sabe por qué podría ser?
-Bien, para empezar creo que deberíamos descartar cualquier causa fisiológica. Veamos, ¿come usted bien? Ya sabe que es importante consumir frutas y verduras frescas todos los días para mantener una buena visión ocular.
-Claro, claro. María se encarga de que todos los días coma un plato de verduras y no me deja salir de casa sin una pieza de fruta en el bolsillo, así que por eso no debemos preocuparnos…
-¡Pero Dr. Fernández! ¡Me está usted diciendo que no sabe cocinar y que a día de hoy sigue dejando su alimentación en manos de su mujer! Eso no es solo retrógrado sino que además es una falta de responsabilidad. Cada uno de nosotros tenemos que cuidar nuestra propia alimentación, además supongo que María hará otras muchas cosas y ciertamente, como ser humano, merece tener tiempo para ella misma.
-Pero bueno, ¡alguien tendrá que cuidar de la casa! Yo estoy todo el día aquí en la consulta. ¿No le parece justo que si yo me paso el día intentando descubrir el motivo de la falta de brillo en mis ojos, al menos alguien me cuide al final de la jornada?
-Y dígame Dr. Fernández, los ojos de María, ¿brillan?
-Sinceramente, para la hora a la que llego a casa no tengo mucho tiempo de fijarme. Casi siempre ceno solo, veo un poco las noticias y me acuesto.
-Claro, veo que no cenan juntos ustedes. ¿Qué le dicen el resto de pacientes al respecto?
-Pues verá señor Martínez, tengo varios diagnósticos. En la consulta de ayer con el señor Pérez, éste me dijo que quizás se trate de una falta de luz natural por pasar tantas horas en consulta. Me aconsejó salir a pasear a mediodía e intentar ir al monte los fines de semana. La señora García me dijo que me falta dulzor en la vida, que debería comer un trozo de pastel casero horneado con amor todos los días y el señor González cree que se debe a un hastío generalizado.
-¿No trabajaba con usted una enfermera? ¿Ella qué piensa?
-Bueno, para empezar me tiene un poco cansado así que no hablo mucho con ella. Estoy harto de que me diga siempre lo que tengo que hacer y de no poder siquiera organizar la agenda porque se va a tomar café y aquí hay muchísimo que hacer.
-Veo que ese tema le crispa un poco. Quizás debería decirle que se siente usted algo solo en este lugar y que necesita un poco más de compañerismo y empatía por su parte.
-Bueno, bueno, que eso son temas de trabajo y al final la que manda es la que manda, a ver si encima de perder el brillo me voy a quedar sin trabajo.
-¡Por Dios, no! Que eso no suceda ahora que vienen tiempos mejores y ahora hay demasiados trabajos. No es el mejor momento, que todo el mundo quiere cambiar y esta el mercado muy activo…Bien, centrémonos. Creo que puedo darle un diagnóstico para su falta de brillo. En primer lugar, creo que sus pacientes trabajan demasiado y que tantas consultas y diagnósticos le tienen un poco agotado. Piensa usted demasiado en sí mismo, y eso es muy solidario, pero quizás debería ser un poco más egoísta y escuchar a los demás. Hay muchas historias en el mundo que consiguen que a uno le brille hasta el alma. Por otro lado, el tema de María. Se siguen queriendo pero no se miran…No hay nada más triste que un amor perdido frente a la televisión. Quizás debería usted hacer todo lo que le dicen sus pacientes: comer un poquito de dulce, pasear y salir al monte, no pensar demasiado,  escuchar a sus propios pacientes y pasar tiempo con su mujer. Quizás debería usted intentar vivir la vida en vez de preguntar tanto sobre ella, ¿no cree? Usted mismo sabe lo que ocurre, tan solo tiene que aprender a escucharse un poco.
-Todo esto que dice es complicado, ¿no cree? Lo de escucharme ya me lo dijo un paciente con audífono. No sé, tengo bastante información de momento. Mire, de momento le cobro la consulta, que son 80€, me doy una vuelta y voy a ver si pongo todas estas ideas en su sitio. Muchísimas gracias y le volveré a llamar si tengo alguna duda.
-No hay de qué Dr. Fernández. Para cualquier cosa estoy a su disposición.

El Dr. Fernández se puso la cazadora y abandonó su consulta. Paseó al lado del río sintiendo el frío viento de enero en su cara y sonrió. Llegó a casa antes de la cena y se encontró a María en la cocina, llorando. La abrazó por la espalda y le besó el cuello, “te quiero”, le dijo.  Esa noche no cenaron, se abrazaron en la cama y se miraron sin luz, aunque tampoco hacía falta, bastaba con el brillo de sus miradas. 

Binomio fantástico: pompa y gato

Siempre dormía sobre el mismo muro. Al gato le gustaba quemarse el lomo con el sol de media tarde y ver a los niños jugando en el parque. Casi siempre jugaban a la pelota y se cuidaban mucho de no molestar al gato en su siesta diaria, aunque en los últimos tiempos los niños habían cambiado de juego y estaban entusiasmados con un nuevo descubrimiento: las pompas de jabón. Todos los días llenaban el parque de grandes pompas de tonos violetas y competían a ver quién conseguía hacer la pompa más grande.
Bien es sabido que los gatos son miedosos, pero también algo curiosos, así que una tarde en la que el sol no calentaba suficientemente fuerte como para dormir en el muro, el gato decidió acercarse a los niños y tocar una de las pompas gigantes. Una de ellas en concreto era de un dorado especial y su forma era tan redonda que recordaba a la luna llena. El gato se acercó y de repente, sin saber cómo, se encontró dentro de la pompa. Intentaba salir pero lo único que conseguía era rodar más y más, como un hámster. 
Poco a poco, sin darse cuenta, el gato empezó a elevarse en el cielo con su pompa. Se alejó de la plaza, de su pueblo, de su planeta y fue así como llegó a otro planeta en el que vivían todos aquellos que habían sido atrapados por una pompa de jabón. Era el planeta de las pompas perdidas y en él había desde moscas y pájaros que habían sido atrapados en el vuelo hasta niños que habían conseguido crear una pompa alrededor de ellos para viajar a un mundo lejano y fantástico. En este planeta de jabón el contacto era complicado. Todos vivían aislados, con miedo de explotar su burbuja, así que pasaban la mayor parte del tiempo ensimismados en sus propios pensamientos, tristes por no poder tocar el mundo, sin sentimientos por no poder oler la vida, por no poder sentir el viento.
El gato era perezoso, así que pronto comenzó a ronronear dentro de su pompa, sintiendo el calor del sol, aún más cercano, calentando su lomo a través del jabón como en un invernadero. Podía dormir y dar vueltas al planeta dejándose acunar con la inercia de cada giro, pero el gato no se daba cuenta de la velocidad que iba ganando en cada vuelta. Cada vez más rápido, el gato ya no sabía qué era arriba y qué era abajo. Continuó durmiendo, roncando y ronroneando hasta que un buen día, ¡Zas! La pompa explotó y el gato cayó de morros al suelo. Qué distinto era el mundo fuera de su pompa. Todo parecía más pesado, el viento era frío, los olores demasiado fuertes. Se sentía vulnerable y expuesto. Intentó meterse en las burbujas de otros gatos, de otros pájaros, pero estos soplaban dentro de su burbuja para alejarse de él. “¿qué era esa cosa que estaba fuera de una burbuja?”, pensaban.
El gato se sentía solo, muy solo. Cada ser en el planeta vivía una existencia aislada e individual. Comenzó a sentirse triste, deprimido. No podía dormir, anhelaba la compañía de otros seres, la seguridad de su pompa y se preguntó cómo podía haber vivido anteriormente sin darse cuenta de aquello. Recordó su infancia en la que jugaba con otros gatos, los niños que jugaban a la pelota y le tiraban del rabo, el muro y las siestas bajo el sol,  el sabor agrio de la leche al relamerse los bigotes después de comer.
El gato comenzó a idear cómo volver a su planeta, aquel en el que todos se chocaban y en el que había que lamerse todo entero para evitar los olores que se pegaban a su pelo al buscar raspas de pescado en la basura. Después de darle muchas vueltas, se le ocurrió que podría hacer lo mismo, hacer una gran pompa de jabón, meterse en ella y volver. Así que esto es lo que hizo. Creó una pompa a su alrededor y sopló mientras estaba dentro. El gato se elevó y comenzó a viajar por estrellas y galaxias hasta llegar de nuevo al planeta tierra. Cuando aterrizaba, un grupo de niños se quedó mirándolo extrañados. “¡Un gato en una burbuja!”. Sorprendidos, corrieron hacia él. Todos querían tocar aquella pompa que tenía destellos dorados y violetas así que con palos, manos y agujas explotaron la pompa. El gato quedó de nuevo expuesto a su mundo, el real, aquel en el que todo olía y todo se sentía. Si hubiese sido humano se podría haber apreciado su sonrisa mientras el grupo de niños le tiraba de los bigotes y del rabo. Tanto dolor y tanto placer al mismo tiempo. “Quizás la convivencia, quizás la realidad, quizás la vida, sea una mezcla de todo”. Cerró los ojos, se dejó tirar y acariciar y ronroneó.