Realidad o realidad

Viajar no es lo mismo que ir de vacaciones. Creo que si fuera de vacaciones cogería la bici, me iría  a la montaña o escogería un destino en el que pudiese permanecer largas horas en posición horizontal sin ningún tipo de preocupación y sin tener que moverme demasiado para conseguir las cosas. Para mí vacaciones significa descansar, tomarse un respiro de las largas horas de trabajo, de esas noches en las que los problemas no te dejan dormir. Vacaciones supone permitir que tu cuerpo pueda regenerar su energía y esto no siempre sucede cuando uno viaja.
Durante este viaje hice una parada de vacaciones. Pasé cinco días en la isla de Koh Phangan en Tailandia con tan solo una preocupación: descansar y tomar batidos de sandía, papaya y espirulina todo el día. Me bañaba en aguas cristalinas, conducía mi moto por toda la isla, pasaba las noches en baños de vapor entre hippies y aún más hippies y practicaba yoga al amanecer y al atardecer. Estos días fueron vacaciones, fueron los días en los que decidí que mi cuerpo y mi mente necesitaban un descanso de mi vida, de mi realidad e incluso de mi viaje. Creo que elegir una isla como destino de vacaciones para esto es el lugar perfecto. Una isla está aislada de lo que sucede en tierra firme, está desconectada de la energía de los otros millones de seres humanos que se mueven agitadamente cada día en el mundo, una isla vive sus días con sus propios horarios, con sus propios ritmos.

Al llegar a Koh Phangan me sentí atrapada, sentir que estoy rodeada de agua, que mis viajes de norte a sur tienen una duración corta y limitada me producía sensación de claustrofobia. Los primeros días necesitaba bañarme en el mar constantemente, buscar una referencia en algún punto lejano y alejarme de la selva interior de la isla. Sin embargo, a medida que mi cuerpo y mi mente se iban adaptando al descanso la isla de Koh Phangan pasó de cárcel a santuario, de un lugar pequeño a un espacio en el que nada ocurría, una realidad totalmente apartada de la realidad de mi propio viaje.
La mente es capaz de crear tantas realidades como nosotros mismos queramos. Cuando visité la isla de Koh Phangan creé un mundo de realidades “cebolla” en el que cada capa era una realidad y al irme Dejé atrás una realidad construida en tan solo cinco días para volver a mi realidad de veinte días, la cual me mantenía separada de mi realidad de los últimos cinco años. No solo eso, sino que me dirigía a otro país distinto, Malasia, con lo que Tailandia dejaría de ser mi realidad presente para convertirse en el sueño de una parte de mi viaje. Una tras otra, las capas de realidades se amontonaban en mi mente y tan solo las horas en tren y las sílabas alargadas al final de las palabras de las mujeres tailandesas conseguían hacerme ver que tan solo existe una realidad verdaderamente importante: el presente.
Cuando estamos de vacaciones y descansamos a veces es posible que nuestra mente vuele, que volvamos a los problemas que dejamos en casa o que proyectemos hacia el futuro sobre qué haremos a nuestra vuelta. Sin embargo, viajar, el moverse de manera continuada, o permanecer en un sitio pero no de manera pasiva sino interactuando con su gente, su cultura, su gastronomía…Todo esto hace que vivamos en un presente continuo. Viajar supone decidir constantemente, ¿giraré a la izquierda en esta calle o a la derecha?, ¿comeré en un puesto callejero o dejaré que mi estómago descanse con un sandwhich de supermercado?, ¿visitaré este templo o me tomaré un batido de frutas? Cuando viajamos estamos además fuera de nuestro hogar y, si eres un buen viajero, normalmente fluirás y dejarás que las cosas sucedan, que los hostales aparezcan, que la gente te hable y te invite y que aquello que nunca comerías se convierta en un manjar. La mente se encuentra siempre activa,  los ojos están más abiertos que nunca, los sentidos en plena alerta, todo es nuevo y todo es siempre distinto en cada momento.
Una de las cosas que siempre me ha sorprendido en mis viajes es la energía de la que dispongo. Cuando estoy trabajando en Pamplona siempre hay algún día en el que me encuentro enferma o fatigada. Cuando estoy viajando esto nunca sucede. Puedo estar enferma pero de alguna forma ese estado de alerta que se mantiene activo por estar en lugares desconocidos y por mantenerse en movimiento hace que me sienta fuerte, dispuesta a seguir adelante. Siempre podré llegar a una estación de tren, caminar para encontrar un hostal, avanzar un día sin dormir por esperar a un tren que llegó cinco horas tarde bien entrada la noche. Luego, de vuelta a esta realidad más conocida, a este presente del trabajo del día a día, de hacer la compra, limpiar el baño y salir con los amigos, me sentiré y me siento cansada, cancelo unos vinos por quedarme en casa leyendo porque estoy KO de toda la actividad del día y me pregunto, ¿qué pasó con la energía de mi viaje?, ¿será que viajar, que estar en alerta, nos mantiene activos?, ¿o será cosa de este presente que es tan entretenido que no quiero ni siquiera dormir?
Ahora que estoy de vuelta, o que he cambiado de presente y de realidad, me encuentro agotada. Es curioso que todos los miedos, manías y comeduras de tarro que no pudieron existir entre tanta estación de tren, tanto picante y tanta sonrisa, son capaces de saludar de nuevo al despuntar el día. Pertenecen a esta realidad y por lo tanto simplemente esperaron a mi regreso. Por eso a veces no creo en los aprendizajes de los viajes, creo que ampliamos herramientas, eso sí, pero nuestra vida sigue como la dejamos allá donde estuviéramos y quizás ser conscientes de todos estos múltiples presentes es el mejor regalo que nos puede dar viajar. Sentir que somos nosotros los que nos movemos y no los lugares y que quizás, con esa distancia, con esa capacidad de poder observar desde lejos, podamos ver las cosas de otra manera, sin cansarnos, con los ojos bien abiertos, como si estuviésemos siempre viajando.

Anuncios

Volando. Mi vida en stand by

6 de Julio de 2015

A casi nadie le gusta volar. Trasladarse al otro lado del mundo en avión supone muchas horas sentado, largas esperas en aeropuertos y sobretodo estar desconectado de la tierra. Por eso, para mí, volar es un refugio, siempre lo ha sido. Me encanta la sensación de sentirme en tierra de nadie, no poder llamar, ni enviar un mensaje de whatsup, dormir y dejar toda mi vida muy lejos, allí abajo. Las escalas son momentos perfectos para simplemente estar. Te puedes tumbar en el suelo del aeropuerto, dormir abrazado a tu mochila, maquillarte todas las veces que quieras en las tiendas de duty free y caminar por los mismos pasillos una y otra vez. Hay gente que conoce a mucha gente en los aeropuertos aunque mi experiencia es que siempre estoy en mi mundo, escuchando música, leyendo, escribiendo, pensando en cómo será todo en mi destino o simplemente durmiendo con las piernas apoyadas en la pared para mejorar la circulación de mis piernas. 

Los vuelos hasta Singapur fueron mejor de lo que pensaba. Tengo la gran suerte de que para mí el ruido de los motores del avión son un gran narcótico y tengo que realizar grandes esfuerzos para poder mantenerme despierta en el avión así que siempre me pierdo todas las películas, programas e incluso las posibles conversaciones con otros pasajeros. Cuando llegué a Singapur tenía otra escala y después una conexión en vuelo doméstico hasta Bangkok. Las 5 horas de espera fueron tranquilas y cuando por fin subí a mi otro avión con mi mochila me encontraba ya más cerca de mi destino. Tenía ganas de llegar y sentir el calor y los olores de Asia nada más salir del aeropuerto. Mientras pensaba en todo esto de repente subieron al avión dos oficiales de inmigración que se dirigían directamente a mí. Por lo visto, a pesar de estar en tránsito, tenía que haber pasado por inmigración en Singapur antes de conectar con mi vuelo a Bangkok. La situación era extraña porque era demasiado tarde para salir del avión y tampoco me daban ninguna opción, tan solo me decían que afortunadamente con un pasaporte español no debería tener ningún problema aunque existía la posibilidad de que Tailandia me negara la entrada en el país. Las dos horas de vuelo fueron de tensión y cuando me aproximé a inmigración en Bangkok me sentía como Tom Hanks en la película de Terminal. ¿Me quedaría estancada en el aeropuerto de Bangkok por un fallo burocrático? Es la primera vez que no me topo con un control de seguridad entre un vuelo internacional y uno doméstico y no entendía cómo había conseguido permanecer tanto tiempo en Singapur dando vueltas sin toparme con uno. Finalmente todo quedó en un pequeño susto. Inmigración de Tailandia selló mi pasaporte sin tan siquiera mirarme a la cara. Después de 25h y un sobrecargo en el precio del taxi hasta mi hostal, ya me encontraba en Bangkok libre para comenzar un largo viaje.

Itinerario de una realidad

Julio de 2015
De Mae Sai hasta Singapur pasando por Chiang Rai, Chiang Mai, Ayutthata, Bangkok, Surathani, Koh Phangan, Hat Yai, Butterworth, Georgetown, Isla de Penang, Kuala Lumpur y Melaka. Aproximadamente 2,700km vividos en tren, autobús, moto, taxi, bicicleta y avión. 30 días durmiendo una media de cuatro horas diarias, de caminar con calor y humedad pero siempre sonriendo y observando, dejando que cada persona, cada color, cada paisaje quedase grabado en mi retina para siempre.


Cuanto todo lo que te rodea es nuevo se crea en nuestro sistema un estado de alerta continua. Esto no quiere decir que estemos en situación de estrés, sino que estamos atentos a todo lo que sucede. Se trata de un fenómeno conocido como “estar presente”.
“Creí que era una aventura y en realidad era la vida”
Joseph Conrad