PERSONAjes de la A a la F

A.- Una vez conocí a un hombre que se cortaba el pelo él mismo. Cada mañana se ponía un pequeño espejo en la nuca y recortaba los pelitos del cuello que cada noche se empeñaban en crecer sin parar. Cuando terminaba se subía a la báscula y se enfadaba al comprobar que, a pesar de su cuello guillotinado, las galletas de chocolate de la noche anterior no se veían compensadas en la bascula. “¿Ves cielito? Si es que te empeñas en darme galletas…”. Lo más grave. Llamarme cielito.

B.- Hace muchos años compartí piso con una enfermera húngara. Al igual que yo, le encantaba correr y practicar todo tipo de deportes. ¡No había más que verla! Su vientre era plano y duro y en una ocasión me confesó que no podía llevar botas porque ninguna bota era suficientemente ancha para sus gemelos musculados. Por las mañanas se levantaba y nos despertaba a todos con el peso de sus gemelos golpeando las baldosas de la cocina. Para desayunar comía siempre sandía, la cual cortaba con un machete. El día que nos enfadamos le hizo el harakiri a la sandía. Evité encontrarme con ella de nuevo hasta que conseguimos que abandonara el piso.

 

C.- No siempre coincidimos con nuestra media naranja. Como en los puzzles, hay que probar con muchas fichas antes de conseguir encajar una de ellas. Él escalaba y era de color naranja. Yo escalaba y se podría decir que, por ende, también era de color naranja. Yo llegaba a pie de vía con mi mochila, él se empeñaba en subir con una pequeña maleta con ruedas. ¿Para qué cargar la espalda si se puede llevar el material sobre ruedas? Todo el romanticismo que envuelve el mundo de la montaña perdido en la más absoluta lógica de samsonite. El día que le dejé-dos semanas después- me entregó una copia de nuestro acuerdo de separación: bajo ningún concepto nos pondríamos en contacto de nuevo salvo en caso de fallecimiento de un familiar. Rompí el contrato en pedazos y le di una patada a su trolley antes de salir del bar.

 

D.- En una noche de verano de Madrid conocí a un corredor escocés. Una de esas tantas veces en las que no te acuerdas quién presentó a quién si en realidad te ibas a quedar en casa viendo una película…Íbamos de bar en bar a golpe de sprint y nos contábamos carreras y entrenamientos. En aquellos tiempos no existía ni strava ni facebook. Quedamos en vernos en Londres pero le di plantón. Las fotos diarias de sus carreras vestido en distintos estilos de kilt en facebook me hicieron dudar.

 

E.- La única y última vez que hice un viaje nocturno en autobús, le supliqué al conductor que me abandonase a mi suerte en el desierto de los Monegros. Mientras los pasajeros se acomodaban en la estación de Madrid, sentí un olor nauseabundo llegando a mi nariz: mi compañero de viaje. Con una camisa y unos pantalones que habían sido delicadamente rebozados en mierda, sacó una lupa y se dispuso a comenzar su ruta intelectual desde el principio: Volumen 1 de la enciclopedia Larousse, letra A. Cuando a su olor se habían unido los de las vomitonas de los pasajeros adyacentes y mi sentido del olfato se encontraba atrofiado, mi cerebro decidió dormir. “¡Pero despierta! ¡Que ya hemos llegado!”. Jamás he vuelto a viajar de noche en autobús.

 

F.-  Durante muchos años tuve una amiga muy especial. A pesar de que tenía una sonrisa preciosa se empeñaba en esconderla. Siempre parecía contrariada con el mundo y consigo misma. En el fondo creo que era muy tímida, quizás miedosa, algo trsite. Cada vez que se encontraba con alguien con la calle, se subía el cuello del abrigo escondiendo la cara: si no veo el mundo, el mundo no me puede ver. Le gustaba viajar y yo la esperaba ansiosa para escuchar sus increíbles historias sobre lugares de ensueño, aunque estos momentos no duraban mucho. Era una chica solitaria, reacia al compromiso y a la intimidad. Se encontraba siempre con personajes curiosos y vivía historias de amor imposibles. La intensidad de la brevedad.
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To the top

To the topCon casi 35 llevo muchas montañas escaladas. No sé muy bien de dónde viene esa afición por subir, bajar, serpentear, necesitar perder el norte y el sur, desatarme las botas y sentir la tierra bajo mis pies. Son muchas montañas, sola y acompañada, sencillas e imposibles.

En dulce recuerdo vuelvo al centro, a ese cerro donde de madrugada y en el atardecer escondía mensajes en un buzón. “Ahora tienes que subir a leer”. Y así, creíamos que nos enamorábamos, primero tú y luego yo.

Ahora que me voy a la planicie pienso en muros de caliza y granito. ¡Qué ironía! Paredes naranjas en aquel lugar donde, sí, allí, como todos los demás, también fui una expatriada. Los del norte y los del sur, los del ejque y los de las erres marcadas. Subiendo, respirando, riendo y soñando con aquel futuro que es hoy presente.

Tantas montañas escaladas sola, con cabezonería, buscando el agotamiento, llegar arriba y no querer ya pensar en nada más. Dejarme abrazar por el viento, volver y sentir que, en realidad, soy pequeña por dentro y grande por fuera, y que al final del día, no es tan importante y en realidad tampoco pasa nada.

Hoy siento que quizás esté en esa crisis de la frontera entre la juventud y la plenitud y que alguna montaña despistada se merece unas pisadas de liberación y recoger mi exhalación con un poco de calor. Tanto en todo que hoy necesito algo de aire y no hablar. Subir, mirar a mi alrededor y simplemente dejar que el tiempo pase. Recoger todo eso que es solo mío y quizás dejarlo en un buzón…

Entonces, tendréis que subir a leer.

Hoy me he quedado todo el día en casa o, más bien, en este lugar al que he llamado casa durante los últimos siete meses. Necesitaba cerrar la puerta, sumergirme en las palabras y vibrar con el silencio. Cerrar los ojos y respirar profundo antes de terminar de saltar del todo, antes de dejar atrás estos años de transición en un lugar cómodo y lineal pero donde nunca nada pasa.
Miro mis libros, mis fotos, un botón azul y una caja con esencias. Todas esas pequeñas cosas que me acompañan en este destino nómada que me persigue y que también me llena de vida. Hoy estoy aquí, donde yo estoy y donde está mi ropa, aunque siento que ya no estoy aquí, a dos metros de la puerta que separa mi cama de la ciudad. Camino por la calle y de nuevo me siento turista. Me quedo en casa y mi mente no sabe ya en qué idioma pensar. Los sueños se entremezclan porque tú me hablas en inglés y el mundo gira en flamenco. Ni siquiera mi acento es el que hasta hace poco fue, así que cocino sin parar buscando en cada raíz el asentamiento natural de esta transición. Mastico todo despacito, para no atragantarme en la carrera. En la calle me fijo en todas las baldosas, en cada esquina, en las hojas de los árboles. Quizás, cuando vuelva, sean de ese color ocre que tanto me gusta.
Me quedan semanas de ir cerrando poco a poco. Durante mucho tiempo quise decidir el cambio pero tuve que esperar a que el cambio viniese a mí en forma de tormenta. Si hubiese sabido antes…Aunque ahora ya da igual. Esto me lo llevo y esto no. Pronto tendré atascos y horizontes infinitos y, sin buscarlo, estaré en ese pequeño deseo que pedí una vez en Brujas cuando era pequeña: “yo, de mayor, quiero vivir en el norte”. 
No tengo la sensación de irme, sino de que me llevan. Me abrazaron y tengo un camino acolchado con bolas de algodón que atraviesa todo Francia, hasta llegar a tierras flamencas. No sé si soy valiente, o si simplemente no conozco otra forma de actuar, supongo que antes siempre iba buscando y esta vez tan sólo me dejé encontrar. Por supuesto que me pregunto qué pasará, qué haré, y si…Pero también me permito soñar, porque la realidad es luego siempre la que es, sueñes o no sueñes. 
Cuando despierto, recuerdo que aún tengo mucho que hacer aquí. Quizás nada en particular, pero quizás lo que nunca hice en otros lugares pensando que volvería pronto. Pasear sin rumbo y sin hora, tomar café y sentarme a observar. Ese sendero en la montaña que siempre dejé para el final, o ese té pendiente que nunca pudimos apañar. También, quizás, un último post antes de marchar. 
Ropa, pelo, zapatillas, música, acción,descenso, libros acumulados, conocimiento, valores, nadar y montar, lectura infinita, valentía de viaje, risa y sonrisa, ojos grandes, voluntad y tesón, independencia o soledad, observadora, colores y palabras, imagen, momento, intensidad, obsesión, adaptación, folk, moratón, ingenio cabezón, cintura y cadera, piel morena, dibujos sobre duna, miedos y autoestima, dormilona insomne, ansiedad de almendra.

Yo

Puedo ser sorda y ciega, no leer y no escribir, sin bici ni ascensión, con cintura y montes en mis pechos, anacardos por almendras, piel de biblioteca, segura por soberbia, madre de barrio, lectora de revista, ausente y presente en la cercanía, pelo corto, carcajada, la chica del flequillo.

Yo

No soy mi pelo ni mi mirada, no soy mis ojos, ni mi cintura. No soy mi bici, ni mi cocina, no soy la valentía, ni el idioma. No soy la ávida lectora, ni el ingenio tras la piel de aquel abrazo. No soy la que tiene miedo al salto en parado, ni la que se lanza al vacío sin arnés tan solo con los ojos cerrados.

Yo

 Creadora de trayectos, experimentadora de creación. Sonrisa y ojos que miran, piel que abrasa, Hoy escribo, en la mañana no existo, por la noche te abrazo.  Ingeniera de muros y defensas, escaladora de las murallas más bellas. Mirar mi dedo en tu cara y al mismo tiempo tocarme el pelo. Anexos e instrumentos.

Yo

Una bolita de energía envuelta en adjetivos variables. Yo soy la que traduce a 1-0-1-0-1 impulsos energéticos.

Electricidad que cambia de voltaje.

Instrucciones para comunicarse con un ser humano

Aprende idiomas y aprende el lenguaje del ser humano. Mezcla todas las palabras que te suenen bellas y combínalas con tu propia lengua, esa que te enseñó tu madre, esa que quizás te hizo sentir bien cuando las palabras, en música, dijeron te quiero. 

No tengas miedo a soltarte, no tengas miedo a pronunciar, aunque suene mal, aunque las palabras salgan del revés. Es bueno que tu garganta y tu boca digan también de dónde eres. La vida da mil vueltas y en esta vida hay idiomas de todo tipo. Existen lenguajes tímidos que se descubren con el respeto y la confianza, lenguajes compartidos en los que las palabras se entrelazan con los dedos y existen también lenguajes ocultos que  no sabemos ver o que quizás no queremos entender.

Siéntete libre para experimentar el sonido y la creación. Saluda en un idioma y viaja por mil países en tan solo una mañana. Descubre y perfecciona el lenguaje de la mirada, los acentos de las caricias y las exclamaciones de la vida. Invéntate tu propio idioma y úsalo cuando te de la real gana. 

Sin límites y sin fronteras, crea un gran atlas de tu experiencia humana.

Hegoak

Eta txoria maite nuen
A veces las alas se me pegan al pecho, me esfuerzo por soltarlas, dejarlas libres para que sueñen en libertad y amen  lejos y sin límites. Mirar por encima de la vida y aterrizar en un pequeño refugio en el que poder descansar.
A veces las alas no quieren dejar de volar, aunque la lluvia y el mal tiempo las vuelva lentas y pesadas, se empeñan en seguir arriba. Hay algo demasiado bello en permitir que el aire y la vida te muevan allá donde quieran, cerrar los ojos y tan solo volar.
A veces tengo miedo de perder la perspectiva por mirar siempre desde tan alto, pero es que creo que en el suelo me tropiezo. Hay tantas piedras y raíces, agujeros y hojas que esconden entresijos de este mundo. Caminos que se repiten y que siempre me llevan al mismo sitio.
Con estas alas veo, entiendo y conozco. Te puedo ver desde aquí, aunque estés lejos. Se llama, dicen, vista de pájaro.

Solo but not lonely

10 de agosto de 2015


Fui curiosa y aventurera desde que era pequeña, me gustaban los viajes improvisados con mis padres, aquellos en los que los itinerarios se decidían en la cena del día anterior. Quería creerme que formaba parte de aquellos libros de historias fantásticas y viajes interminables que leía por las noches y aunque sufría cada vez que me llevaban a la montaña los fines de semana, siempre quería volver a lugares remotos, allá donde cualquier cosa podía ocurrir.

Desde jovencita (como aquella vez que me enviaron a Inglaterra con 12 años y ya no quería volver) he tenido la gran capacidad de conocer a mucha gente, de amoldarme a una cultura, a un lenguaje, a rebuscar y creer firmemente que hay personas maravillosas escondidas en cada cultura, incluso en aquellas que nos puedan parecer lejanas. Nunca busqué realmente un compañero de viaje, tampoco esperé a que alguien decidiera un viaje por mí. Siempre miré los mapas, leí libros o conocí a personas que me hicieron perder la cabeza hasta el punto de empaquetar mi vida y volar a Australia con tan solo un billete de ida.

Comencé a trabajar muy pronto y cuando no podía ahorrar suficiente, trabajaba mientras viajaba. Con 19 años, y en mi primer descanso de verano universitario, me tragaba mi orgullo de niña bien limpiando los baños de un hotel en New Hampshire en EE.UU. y me pagaba un viaje a Canadá con las propinas que ganaba en el restaurante.
Múltiples destinos, vuelos, esperas y tantas y tantas personas. Es maravilloso poder relatar historias de viajes y que las frases comiencen con un “pues no sabes lo que me pasó en…” o “En…conocí a una persona maravillosa”, siendo yo misma una de esas personas a las que conocí. Encontrar almas tan similares, igual de curiosas y alocadas, descubrir que existen millones de maneras de hacer reír, de brindar y de saludar. Sentir que el mundo es una borrachera de colores y que en cada esquina, en cada lugar existe siempre una aventura.

No siempre podemos viajar pero tampoco creo que necesitemos irnos demasiado lejos para conocer y descubrir. Me gusta cambiar el recorrido de mi camino a casa, cambiar las horas en las que hago algo, aprender y estudiar, sorprenderme siempre con lo nuevo y disfrutar de lo conocido en el regreso. Querer conocer, querer vivir, siempre.
Cada uno de nosotros tiene una experiencia vital única que se potencia aún más cuando viajamos solos. Durante mucho tiempo mis viajes eran limitados porque, como todo el  mundo, a veces tenía miedo. No me asustaban las personas o los lugares, pero me aterrorizaba la soledad. Sentía que el resto de viajeros me miraban pensando que debía de ser una persona insoportable para tener que viajar sola. Me daba vergüenza entrar sola en un restaurante, salir de noche y tomar una copa de vino en una terraza sin compañía. Atreverse a ser la primera en hablar con un desconocido en un tren, aburrirse y dar mil vueltas al mismo lugar, encontrarse desamparada y atrapada en una habitación de hotel buscando un idioma común en la televisión. Viajar sola no es siempre es fácil. No siempre aparece la persona de tus sueños y en muchas ocasiones los días no son largos, sino eternos.
Sin embargo, viajar solo es un reflejo exacto de nuestro estado de ánimo, es una conversación constante con nuestro mejor y peor compañero de viaje, aquel con el que reímos y aquel al que abandonaríamos en una estación de tren: nosotros mismos. Con los años he descubierto cómo he ido cambiando a través de cada viaje. De una chica insegura que se lanzaba a la aventura por ser incapaz de mantener los pies en la tierra a una mujer decidida, segura, tranquila y no por ello menos aventurera. No es lo mismo estar solo que sentirse solo y todos merecemos un tiempo para poder experimentar por nuestra cuenta las bellezas de este mundo, sentir en primera persona las pupilas dilatadas ante lo nuevo, el silencio en el caos que nos rodea y el a veces incesante ruido de nuestro interior.
Aprender a estar en calma con uno mismo y abrirse a todo lo que nos rodea es el mejor regalo de moverse en soledad. No hay nada malo en no conversar cuando realmente en nuestro día a día buscamos desesperadamente un espacio en el que nadie nos moleste, en el que poder “pensar”. Cuando viajas solo es posible vivir la libertad de poder decidir y hacer lo que quieres cuando quieres, desde conocer a gente nueva hasta permanecer tumbado sin hablar durante horas.

Realmente los mayores miedos están en nuestra cabeza porque no sabemos divertirnos con nosotros mismos pero una vez perdemos el miedo a lo desconocido y al silencio, aparece ante nosotros un mundo lleno de posibilidades. ¿Qué te apetece hacer? Dítelo a ti mismo porque es posible. No necesitas a nadie para hacerlo. Puedes bañarte en el mar, mirar las estrellas, comer en el lugar que desees (si lo puedes pagar claro), hablar con desconocidos y sobre todo, puedes ser tú todo el rato porque a ti mismo, tu único compañero, seguro que no le importa demasiado. Nunca sabes lo que te puedes encontrar pero seguro que estarás atento.

Al fin y al cabo no hay nada más bello que dejar que la vida suceda.