Instrucciones para comunicarse con un ser humano

Aprende idiomas y aprende el lenguaje del ser humano. Mezcla todas las palabras que te suenen bellas y combínalas con tu propia lengua, esa que te enseñó tu madre, esa que quizás te hizo sentir bien cuando las palabras, en música, dijeron te quiero. 

No tengas miedo a soltarte, no tengas miedo a pronunciar, aunque suene mal, aunque las palabras salgan del revés. Es bueno que tu garganta y tu boca digan también de dónde eres. La vida da mil vueltas y en esta vida hay idiomas de todo tipo. Existen lenguajes tímidos que se descubren con el respeto y la confianza, lenguajes compartidos en los que las palabras se entrelazan con los dedos y existen también lenguajes ocultos que  no sabemos ver o que quizás no queremos entender.

Siéntete libre para experimentar el sonido y la creación. Saluda en un idioma y viaja por mil países en tan solo una mañana. Descubre y perfecciona el lenguaje de la mirada, los acentos de las caricias y las exclamaciones de la vida. Invéntate tu propio idioma y úsalo cuando te de la real gana. 

Sin límites y sin fronteras, crea un gran atlas de tu experiencia humana.

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Solo but not lonely

10 de agosto de 2015


Fui curiosa y aventurera desde que era pequeña, me gustaban los viajes improvisados con mis padres, aquellos en los que los itinerarios se decidían en la cena del día anterior. Quería creerme que formaba parte de aquellos libros de historias fantásticas y viajes interminables que leía por las noches y aunque sufría cada vez que me llevaban a la montaña los fines de semana, siempre quería volver a lugares remotos, allá donde cualquier cosa podía ocurrir.

Desde jovencita (como aquella vez que me enviaron a Inglaterra con 12 años y ya no quería volver) he tenido la gran capacidad de conocer a mucha gente, de amoldarme a una cultura, a un lenguaje, a rebuscar y creer firmemente que hay personas maravillosas escondidas en cada cultura, incluso en aquellas que nos puedan parecer lejanas. Nunca busqué realmente un compañero de viaje, tampoco esperé a que alguien decidiera un viaje por mí. Siempre miré los mapas, leí libros o conocí a personas que me hicieron perder la cabeza hasta el punto de empaquetar mi vida y volar a Australia con tan solo un billete de ida.

Comencé a trabajar muy pronto y cuando no podía ahorrar suficiente, trabajaba mientras viajaba. Con 19 años, y en mi primer descanso de verano universitario, me tragaba mi orgullo de niña bien limpiando los baños de un hotel en New Hampshire en EE.UU. y me pagaba un viaje a Canadá con las propinas que ganaba en el restaurante.
Múltiples destinos, vuelos, esperas y tantas y tantas personas. Es maravilloso poder relatar historias de viajes y que las frases comiencen con un “pues no sabes lo que me pasó en…” o “En…conocí a una persona maravillosa”, siendo yo misma una de esas personas a las que conocí. Encontrar almas tan similares, igual de curiosas y alocadas, descubrir que existen millones de maneras de hacer reír, de brindar y de saludar. Sentir que el mundo es una borrachera de colores y que en cada esquina, en cada lugar existe siempre una aventura.

No siempre podemos viajar pero tampoco creo que necesitemos irnos demasiado lejos para conocer y descubrir. Me gusta cambiar el recorrido de mi camino a casa, cambiar las horas en las que hago algo, aprender y estudiar, sorprenderme siempre con lo nuevo y disfrutar de lo conocido en el regreso. Querer conocer, querer vivir, siempre.
Cada uno de nosotros tiene una experiencia vital única que se potencia aún más cuando viajamos solos. Durante mucho tiempo mis viajes eran limitados porque, como todo el  mundo, a veces tenía miedo. No me asustaban las personas o los lugares, pero me aterrorizaba la soledad. Sentía que el resto de viajeros me miraban pensando que debía de ser una persona insoportable para tener que viajar sola. Me daba vergüenza entrar sola en un restaurante, salir de noche y tomar una copa de vino en una terraza sin compañía. Atreverse a ser la primera en hablar con un desconocido en un tren, aburrirse y dar mil vueltas al mismo lugar, encontrarse desamparada y atrapada en una habitación de hotel buscando un idioma común en la televisión. Viajar sola no es siempre es fácil. No siempre aparece la persona de tus sueños y en muchas ocasiones los días no son largos, sino eternos.
Sin embargo, viajar solo es un reflejo exacto de nuestro estado de ánimo, es una conversación constante con nuestro mejor y peor compañero de viaje, aquel con el que reímos y aquel al que abandonaríamos en una estación de tren: nosotros mismos. Con los años he descubierto cómo he ido cambiando a través de cada viaje. De una chica insegura que se lanzaba a la aventura por ser incapaz de mantener los pies en la tierra a una mujer decidida, segura, tranquila y no por ello menos aventurera. No es lo mismo estar solo que sentirse solo y todos merecemos un tiempo para poder experimentar por nuestra cuenta las bellezas de este mundo, sentir en primera persona las pupilas dilatadas ante lo nuevo, el silencio en el caos que nos rodea y el a veces incesante ruido de nuestro interior.
Aprender a estar en calma con uno mismo y abrirse a todo lo que nos rodea es el mejor regalo de moverse en soledad. No hay nada malo en no conversar cuando realmente en nuestro día a día buscamos desesperadamente un espacio en el que nadie nos moleste, en el que poder “pensar”. Cuando viajas solo es posible vivir la libertad de poder decidir y hacer lo que quieres cuando quieres, desde conocer a gente nueva hasta permanecer tumbado sin hablar durante horas.

Realmente los mayores miedos están en nuestra cabeza porque no sabemos divertirnos con nosotros mismos pero una vez perdemos el miedo a lo desconocido y al silencio, aparece ante nosotros un mundo lleno de posibilidades. ¿Qué te apetece hacer? Dítelo a ti mismo porque es posible. No necesitas a nadie para hacerlo. Puedes bañarte en el mar, mirar las estrellas, comer en el lugar que desees (si lo puedes pagar claro), hablar con desconocidos y sobre todo, puedes ser tú todo el rato porque a ti mismo, tu único compañero, seguro que no le importa demasiado. Nunca sabes lo que te puedes encontrar pero seguro que estarás atento.

Al fin y al cabo no hay nada más bello que dejar que la vida suceda. 

Encuentros en giro

16 de julio de 2015
Esta es la Asia con la que siempre sueño, la del momento presente, la de los olores fuertes, aquella que me hace sentir el color, la vida, sonreír y soñar con budhas. Tierra de contrastes, chabolas con basura acumulada, centros comerciales de lujo, baños sin cisterna, wifi libre. Venir, estar y volver. Observarme en este presente continuo más intenso, duro y divertido que cualquier otro día de mi vida. Decisiones en segundos, fluir y no pretender hacer. Mostrarme tal cual soy, sin pensar. No hay compromiso, estamos juntos pero mañana vuelvo a casa.
Un viaje distinto, sin momentos oscuros, infinitas posibilidades, que te conocí por torcer a la izquierda y no a la derecha. Despedidas en las que quise decir “hasta siempre”  y nos volvíamos a encontrar desayunando en la puerta de un 7/11. El norte de Tailandia y su Bhuda blanco. Chiang Rai en moto y un brillante sol de despedida en un rascacielos  de Bangkok.
Todo se mueve pero no da tiempo a pensar. Mi casa queda lejos, cada día exige estar aquí, pensar, caminar, perderse y seguir sin necesidad de encontrar. Lejos queda aquella última noche en la que me dormí esperando, aquella noche que volverá y será, aquella noche que dejé sin terminar.
Ahora me dirijo al sur, rumbo a Koh Phangan. Volvería a nuestro norte, tierra de dialectos, de monjes. Volvería a comer abrazada a un perfecto silencio  en la frontera de Myanmar, volvería a girar a la izquierda en vez de a la derecha porque la aventura de viajar es la experiencia, el recuerdo y la distancia adornando la emoción.

Realidad o realidad

Viajar no es lo mismo que ir de vacaciones. Creo que si fuera de vacaciones cogería la bici, me iría  a la montaña o escogería un destino en el que pudiese permanecer largas horas en posición horizontal sin ningún tipo de preocupación y sin tener que moverme demasiado para conseguir las cosas. Para mí vacaciones significa descansar, tomarse un respiro de las largas horas de trabajo, de esas noches en las que los problemas no te dejan dormir. Vacaciones supone permitir que tu cuerpo pueda regenerar su energía y esto no siempre sucede cuando uno viaja.
Durante este viaje hice una parada de vacaciones. Pasé cinco días en la isla de Koh Phangan en Tailandia con tan solo una preocupación: descansar y tomar batidos de sandía, papaya y espirulina todo el día. Me bañaba en aguas cristalinas, conducía mi moto por toda la isla, pasaba las noches en baños de vapor entre hippies y aún más hippies y practicaba yoga al amanecer y al atardecer. Estos días fueron vacaciones, fueron los días en los que decidí que mi cuerpo y mi mente necesitaban un descanso de mi vida, de mi realidad e incluso de mi viaje. Creo que elegir una isla como destino de vacaciones para esto es el lugar perfecto. Una isla está aislada de lo que sucede en tierra firme, está desconectada de la energía de los otros millones de seres humanos que se mueven agitadamente cada día en el mundo, una isla vive sus días con sus propios horarios, con sus propios ritmos.

Al llegar a Koh Phangan me sentí atrapada, sentir que estoy rodeada de agua, que mis viajes de norte a sur tienen una duración corta y limitada me producía sensación de claustrofobia. Los primeros días necesitaba bañarme en el mar constantemente, buscar una referencia en algún punto lejano y alejarme de la selva interior de la isla. Sin embargo, a medida que mi cuerpo y mi mente se iban adaptando al descanso la isla de Koh Phangan pasó de cárcel a santuario, de un lugar pequeño a un espacio en el que nada ocurría, una realidad totalmente apartada de la realidad de mi propio viaje.
La mente es capaz de crear tantas realidades como nosotros mismos queramos. Cuando visité la isla de Koh Phangan creé un mundo de realidades “cebolla” en el que cada capa era una realidad y al irme Dejé atrás una realidad construida en tan solo cinco días para volver a mi realidad de veinte días, la cual me mantenía separada de mi realidad de los últimos cinco años. No solo eso, sino que me dirigía a otro país distinto, Malasia, con lo que Tailandia dejaría de ser mi realidad presente para convertirse en el sueño de una parte de mi viaje. Una tras otra, las capas de realidades se amontonaban en mi mente y tan solo las horas en tren y las sílabas alargadas al final de las palabras de las mujeres tailandesas conseguían hacerme ver que tan solo existe una realidad verdaderamente importante: el presente.
Cuando estamos de vacaciones y descansamos a veces es posible que nuestra mente vuele, que volvamos a los problemas que dejamos en casa o que proyectemos hacia el futuro sobre qué haremos a nuestra vuelta. Sin embargo, viajar, el moverse de manera continuada, o permanecer en un sitio pero no de manera pasiva sino interactuando con su gente, su cultura, su gastronomía…Todo esto hace que vivamos en un presente continuo. Viajar supone decidir constantemente, ¿giraré a la izquierda en esta calle o a la derecha?, ¿comeré en un puesto callejero o dejaré que mi estómago descanse con un sandwhich de supermercado?, ¿visitaré este templo o me tomaré un batido de frutas? Cuando viajamos estamos además fuera de nuestro hogar y, si eres un buen viajero, normalmente fluirás y dejarás que las cosas sucedan, que los hostales aparezcan, que la gente te hable y te invite y que aquello que nunca comerías se convierta en un manjar. La mente se encuentra siempre activa,  los ojos están más abiertos que nunca, los sentidos en plena alerta, todo es nuevo y todo es siempre distinto en cada momento.
Una de las cosas que siempre me ha sorprendido en mis viajes es la energía de la que dispongo. Cuando estoy trabajando en Pamplona siempre hay algún día en el que me encuentro enferma o fatigada. Cuando estoy viajando esto nunca sucede. Puedo estar enferma pero de alguna forma ese estado de alerta que se mantiene activo por estar en lugares desconocidos y por mantenerse en movimiento hace que me sienta fuerte, dispuesta a seguir adelante. Siempre podré llegar a una estación de tren, caminar para encontrar un hostal, avanzar un día sin dormir por esperar a un tren que llegó cinco horas tarde bien entrada la noche. Luego, de vuelta a esta realidad más conocida, a este presente del trabajo del día a día, de hacer la compra, limpiar el baño y salir con los amigos, me sentiré y me siento cansada, cancelo unos vinos por quedarme en casa leyendo porque estoy KO de toda la actividad del día y me pregunto, ¿qué pasó con la energía de mi viaje?, ¿será que viajar, que estar en alerta, nos mantiene activos?, ¿o será cosa de este presente que es tan entretenido que no quiero ni siquiera dormir?
Ahora que estoy de vuelta, o que he cambiado de presente y de realidad, me encuentro agotada. Es curioso que todos los miedos, manías y comeduras de tarro que no pudieron existir entre tanta estación de tren, tanto picante y tanta sonrisa, son capaces de saludar de nuevo al despuntar el día. Pertenecen a esta realidad y por lo tanto simplemente esperaron a mi regreso. Por eso a veces no creo en los aprendizajes de los viajes, creo que ampliamos herramientas, eso sí, pero nuestra vida sigue como la dejamos allá donde estuviéramos y quizás ser conscientes de todos estos múltiples presentes es el mejor regalo que nos puede dar viajar. Sentir que somos nosotros los que nos movemos y no los lugares y que quizás, con esa distancia, con esa capacidad de poder observar desde lejos, podamos ver las cosas de otra manera, sin cansarnos, con los ojos bien abiertos, como si estuviésemos siempre viajando.

Itinerario de una realidad

Julio de 2015
De Mae Sai hasta Singapur pasando por Chiang Rai, Chiang Mai, Ayutthata, Bangkok, Surathani, Koh Phangan, Hat Yai, Butterworth, Georgetown, Isla de Penang, Kuala Lumpur y Melaka. Aproximadamente 2,700km vividos en tren, autobús, moto, taxi, bicicleta y avión. 30 días durmiendo una media de cuatro horas diarias, de caminar con calor y humedad pero siempre sonriendo y observando, dejando que cada persona, cada color, cada paisaje quedase grabado en mi retina para siempre.


Cuanto todo lo que te rodea es nuevo se crea en nuestro sistema un estado de alerta continua. Esto no quiere decir que estemos en situación de estrés, sino que estamos atentos a todo lo que sucede. Se trata de un fenómeno conocido como “estar presente”.
“Creí que era una aventura y en realidad era la vida”
Joseph Conrad

Jump front

Y aquí llego al final de mi intervalo, de estos meses de camino hacia el interior, de papeles y movimiento de muebles. Meses de abrazarme a mí misma en pleno huracán y concentrarme en estas raíces de mis pies, las que me anclan a la tierra, las que me mantienen viva en el presente.

Hoy observo esta tormenta en forma de burocracia y yo sigo con mis pies clavados. Observo el futuro próximo y yo sigo aquí, con mis pies clavados. Presencia y consciencia. Aunque, quizás, con tanto papeleo, con tanto trabajo interno, me olvidé de contar los días y hoy veo que ni siquiera comencé la cuenta atrás desde 10, que tan solo quedan 4 y que mi equipaje está aún sin resolver. 

Es momento de dejar un poco de lado el presente y mirar hacia delante. Asia, mi tan querida Asia. Puedo comenzar ya a soñar en su densidad y en sus olores…
Here we go…


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Veo que no es necesario llegar adelante de un solo salto. 
También se puede llegar caminando…