Escribo esta fase con notas y con todos mis dedos. Con toda esta música que construye y que deja a buen recaudo los recuerdos de las mañanas y las sonrisas de la madrugada.

Porque día a día hablamos con música, sí, eso que yo siento que quiero que tú sientas y aquello que sentí que te quiero contar. Tu adolescencia y tus veintipocos contados en conciertos y nuestro futuro con lo que escucharemos, para acordarnos de nosotros. Las listas del comienzo, la del viaje, la del desayuno, la de aquel día que discutimos y no podía dormir. Esa canción tan cutre, que tanto nos gusta, placeres inconfensables.

Entre el piano y la guitarra, baja la música, ahora ponla, partituras, afinando, cómo me gusta estar y compartir, ese dedo 2, al loro, sostenido.

Construyendo una vida llena de canciones, tan grande como una ciudad, tan grande y épica como Persépolis. Con notas que se escurren entre las calles, que se encuentran unas con otras. Un bello encuentro, que no se puede prever pero que crea nuevos sonidos. A veces inesperados, pero firmes e intensos. De los que te llegan a la médula, de los que te erizan la piel.

Y quizás entre tantos idiomas encontramos una lengua común.

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Transbordo

Los trenes son confusos en esta ciudad. A veces pienso que es el norte y mis pasos van hacia el sur. Y cuando el oeste se confunde con el este, la noche se hace larga.
Revivo una primavera más en este espacio con las manos llenas. La izquierda, con el peso del pasado, con la tristeza y la rabia de ese sueño que tanto me costó y que nunca se cumplió. La derecha, con pequeñas semillas al final de un lápiz que, día a día, va escribiendo otra nueva historia.

Y ahora, con el tiempo, entiendo mi confusión, que los sueños de soñar y volar tan solo pueden ser míos.

Así que hoy, igual que hice hace meses, me preparo para dejar marchar del todo. Desde el cariño más profundo, desde el recuerdo de unas manos que me soltaron y me dejaron marchar, desde mis pies anclados al suelo, los cuales yo no necesito volver a mirar.

No pienso renunciar a ninguna de las dos. A la mano que me tiende un ancla a esta tierra, que comparte mis ojos, mi aliento y mi pensar. A la otra mano que me invita a ser ligera, sonreír y respirar. La una con la otra, en acuerdo, navegantes de mi tripulación.

Aquí desde mi mando de capitán, hago transbordo en esta estación.

Los dias manchados

Y no me oirás hablar tu idioma, el que tanto me dolió, el que ahora tan bien hablo.

No me veras. En mi yo. La que no conseguí ser junto a ti. La que se desparramó en un intentar sobrevivir.

No escucharás mi risa cuando todo haya pasado.

Quizás, tan solo acaricies un vaso, el cual mis labios tocaron.

Lejos, en tu recuerdo, volveré a ser ella, a la que quisiste en sueños, en aquel lugar lejano donde el sufrimiento no era una realidad.

Te dejo marchar. He comprado una cajita con llave. Aquí te guardo, con los días de mar, con los silencios y los latidos marcados.

Aquí te dejo. Macerando para que el dolor se convierta en memorias de un buen reserva.

Aquí te guardo, con los días oscuros, con los abrazos de las mañanas.

Te dejo tranquilo. El desayuno todo para ti.

Te dejo y me arrimo a lo que la primavera me trae, limpia y serena. Un poco de cariño entre las flores violetas de este año de cambios.

Con espacio por dentro, con el cuerpo renovado, respiro profundo. Como siempre, esa soy yo, la valiente, decidida, atrevida, impulsiva, apasionada.

La que apuesta siempre por los sueños y el amor. La que se pega ostias contra la pared.

La que sabe levantarse, lamerse las heridas y amar tanto la vida como para volverlo a intentar.

En los túneles de Bruselas

Revoloteando en esta primavera que no se atrave a venir del todo.
Cada día un poquito más allá, un poquito menos aquí.
Pierdo la señal de GPS, siempre esa salida, Basilique, derecha y ya.
Aquí y aún más lejos, estando sin estar en esto y en lo otro y no sé siquiera en qué otro lugar más.
Mientras tanto, los días pasan, así sin más.
Voy reptando entre tráfico, curvas, lluvia y un cristal que hace tiempo debí limpiar.
Con curiosidad, observo este giro del francés que me hace cosquillas en la oreja.
Un susurro que serpentea, que pone un dedo en la herida, prometiendo no destaparla jamás.
Una mañana de lluvia, buscando cajas en los anticuarios de la ciudad.
Tiene que ser grande, tiene que ser hermética, tiene que ser bella, como lo fueron muchas cosas en este lugar.
Hoy lavo los platos con este jabón de espuma y añoranza.
Afuera llueve, pero solo a ratos, y así es la vida en este país, en la ciudad y en los túneles.
Todo a ratos y a destiempos, a sí y a no, a mucho y a poco, a todo o nada.

Me arden las yemas de los dedos cuando toco los estribos de mis recuerdos. Veo un mensaje que se perdió intentando aprender un idioma, imposible de entender.

Las mañanas son ahora más cercanas a mi pasado que a esta extraña realidad. Y las tardes pasan, cálidas, con largos dedos de piano, con música descendiendo suavemente por las curvas de mi presente torbellino.

Salvarse en un bote que desafía a la tormenta y encontrar un puerto en el que poder continuar. Con lo aprendido en el viaje, con las heridas lavadas con salitre, con las arrugas teñidas de experiencia.

Imaginé un día soleado que no terminaba jamás. Una estantería con libros en el salón y un vaso de vino, siempre lleno. Pero las palabras se pierden en grises de asfalto y entre la muchedumbre no reconozco ese olor que resultó tan cercano.

Encontré paz y cercanía en las alturas musicales de Bruselas. Refugiada entre comics, enterrada bajo una manta. Miro por la ventana y poquito a poco dejo el pasado marchar.

Sueños amontonados

En un regla de proporción directa, vivo una vida de sueños acumulados, de atracones de pasión, de colapsos de realidades paralelas, cortantes y frías como el hielo.

Sueño con el norte y el sur, con la roca, con las pecas de mi cara multiplicándose en mi cara bajo los rayos del sol. Sueño con melodías flamencas que me abandonan en la calma de las nieblas. Sueño con tarareos del sur que elevan mis brazos, que mueven mis caderas.

Soñé con tranquilidad, soñé con aventura, y entre tanto sueño dejé de ser yo misma.

Soñé con ser madre, con enseñar pedacitos de libertad. Soñé con ser una mujer de las de verdad y tan solo me perdí en la eterna búsqueda alrededor de mis caderas.

Los meses de niebla bajan los sueños a la tierra, derrumban el vuelo de la mente, mantienen la tierra fría y ausente. Avanzando hacia la primavera hoy tan solo sueño en verano. Un poco de sol, para borrar el vacío de mi vientre, un poquito de sol para llenarme de pecas.

Quiero soñar con realidad, sentir mi piel entrelazada en el infinito de la hunanidad. Quiero soñar poquito, pero intenso.

Me duele el dedo índice. Consecuencia sintomática de un ratón de ordenador activo.
Por la mañana desperté con dolor de cabeza. Lo supe a las 2 de la mañana, a las 3, a las 4 y a las 6. Sí, supe que no podía dormir.
Le he pedido a un príncipe flamenco toneladas de pegamento. Para pegarme a la silla y escribir sin tener miedo.
No es sencillo desentrenar la mente para pensar que la seguridad del nido no sirve de nada si no persigues tus sueños.
Me dices que siempre tengo suerte. Todo sale bien. Pronto se olvidan las incertidumbres y todas las puertas equivocadas abiertas en el pasado.
Otra vez me vuelvo a entretener haciendo las maletas en la piscina. Elijo las camisetas en dos largos, me peleo con las sábanas en el décimo, la estantería, los libros y los cuadros pasados los cuarenta.
¿Cuántas veces me has preguntado qué quiero hacer hasta que al menos pude dejar de decir “no sé”?