Escribo esta fase con notas y con todos mis dedos. Con toda esta música que construye y que deja a buen recaudo los recuerdos de las mañanas y las sonrisas de la madrugada.

Porque día a día hablamos con música, sí, eso que yo siento que quiero que tú sientas y aquello que sentí que te quiero contar. Tu adolescencia y tus veintipocos contados en conciertos y nuestro futuro con lo que escucharemos, para acordarnos de nosotros. Las listas del comienzo, la del viaje, la del desayuno, la de aquel día que discutimos y no podía dormir. Esa canción tan cutre, que tanto nos gusta, placeres inconfensables.

Entre el piano y la guitarra, baja la música, ahora ponla, partituras, afinando, cómo me gusta estar y compartir, ese dedo 2, al loro, sostenido.

Construyendo una vida llena de canciones, tan grande como una ciudad, tan grande y épica como Persépolis. Con notas que se escurren entre las calles, que se encuentran unas con otras. Un bello encuentro, que no se puede prever pero que crea nuevos sonidos. A veces inesperados, pero firmes e intensos. De los que te llegan a la médula, de los que te erizan la piel.

Y quizás entre tantos idiomas encontramos una lengua común.

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