Me arden las yemas de los dedos cuando toco los estribos de mis recuerdos. Veo un mensaje que se perdió intentando aprender un idioma, imposible de entender.

Las mañanas son ahora más cercanas a mi pasado que a esta extraña realidad. Y las tardes pasan, cálidas, con largos dedos de piano, con música descendiendo suavemente por las curvas de mi presente torbellino.

Salvarse en un bote que desafía a la tormenta y encontrar un puerto en el que poder continuar. Con lo aprendido en el viaje, con las heridas lavadas con salitre, con las arrugas teñidas de experiencia.

Imaginé un día soleado que no terminaba jamás. Una estantería con libros en el salón y un vaso de vino, siempre lleno. Pero las palabras se pierden en grises de asfalto y entre la muchedumbre no reconozco ese olor que resultó tan cercano.

Encontré paz y cercanía en las alturas musicales de Bruselas. Refugiada entre comics, enterrada bajo una manta. Miro por la ventana y poquito a poco dejo el pasado marchar.

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