Hoy me he quedado todo el día en casa o, más bien, en este lugar al que he llamado casa durante los últimos siete meses. Necesitaba cerrar la puerta, sumergirme en las palabras y vibrar con el silencio. Cerrar los ojos y respirar profundo antes de terminar de saltar del todo, antes de dejar atrás estos años de transición en un lugar cómodo y lineal pero donde nunca nada pasa.
Miro mis libros, mis fotos, un botón azul y una caja con esencias. Todas esas pequeñas cosas que me acompañan en este destino nómada que me persigue y que también me llena de vida. Hoy estoy aquí, donde yo estoy y donde está mi ropa, aunque siento que ya no estoy aquí, a dos metros de la puerta que separa mi cama de la ciudad. Camino por la calle y de nuevo me siento turista. Me quedo en casa y mi mente no sabe ya en qué idioma pensar. Los sueños se entremezclan porque tú me hablas en inglés y el mundo gira en flamenco. Ni siquiera mi acento es el que hasta hace poco fue, así que cocino sin parar buscando en cada raíz el asentamiento natural de esta transición. Mastico todo despacito, para no atragantarme en la carrera. En la calle me fijo en todas las baldosas, en cada esquina, en las hojas de los árboles. Quizás, cuando vuelva, sean de ese color ocre que tanto me gusta.
Me quedan semanas de ir cerrando poco a poco. Durante mucho tiempo quise decidir el cambio pero tuve que esperar a que el cambio viniese a mí en forma de tormenta. Si hubiese sabido antes…Aunque ahora ya da igual. Esto me lo llevo y esto no. Pronto tendré atascos y horizontes infinitos y, sin buscarlo, estaré en ese pequeño deseo que pedí una vez en Brujas cuando era pequeña: “yo, de mayor, quiero vivir en el norte”. 
No tengo la sensación de irme, sino de que me llevan. Me abrazaron y tengo un camino acolchado con bolas de algodón que atraviesa todo Francia, hasta llegar a tierras flamencas. No sé si soy valiente, o si simplemente no conozco otra forma de actuar, supongo que antes siempre iba buscando y esta vez tan sólo me dejé encontrar. Por supuesto que me pregunto qué pasará, qué haré, y si…Pero también me permito soñar, porque la realidad es luego siempre la que es, sueñes o no sueñes. 
Cuando despierto, recuerdo que aún tengo mucho que hacer aquí. Quizás nada en particular, pero quizás lo que nunca hice en otros lugares pensando que volvería pronto. Pasear sin rumbo y sin hora, tomar café y sentarme a observar. Ese sendero en la montaña que siempre dejé para el final, o ese té pendiente que nunca pudimos apañar. También, quizás, un último post antes de marchar. 
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