Como cada día, el Dr. Fernández acudió a su consulta de oftalmología. Era uno de los médicos especializados en cataratas más prestigiosos del país, lo cual le aseguraba no solamente un buen nombre y un estatus económico, sino un futuro sin incertidumbre repleto de tranquilidad. Aquella mañana, su primera entrevista era con el señor Martínez. Ambos, médico y paciente se sentaron uno en frente del otro y se miraron a los ojos.
-Bueno, Dr. Fernández. Usted dirá, ¿cómo va todo?
-En fin…No sé por dónde empezar, no sé si se ha dado cuenta de que el brillo de mis ojos ya no es el mismo de siempre. Es algo extraño. ¿Usted sabe por qué podría ser?
-Bien, para empezar creo que deberíamos descartar cualquier causa fisiológica. Veamos, ¿come usted bien? Ya sabe que es importante consumir frutas y verduras frescas todos los días para mantener una buena visión ocular.
-Claro, claro. María se encarga de que todos los días coma un plato de verduras y no me deja salir de casa sin una pieza de fruta en el bolsillo, así que por eso no debemos preocuparnos…
-¡Pero Dr. Fernández! ¡Me está usted diciendo que no sabe cocinar y que a día de hoy sigue dejando su alimentación en manos de su mujer! Eso no es solo retrógrado sino que además es una falta de responsabilidad. Cada uno de nosotros tenemos que cuidar nuestra propia alimentación, además supongo que María hará otras muchas cosas y ciertamente, como ser humano, merece tener tiempo para ella misma.
-Pero bueno, ¡alguien tendrá que cuidar de la casa! Yo estoy todo el día aquí en la consulta. ¿No le parece justo que si yo me paso el día intentando descubrir el motivo de la falta de brillo en mis ojos, al menos alguien me cuide al final de la jornada?
-Y dígame Dr. Fernández, los ojos de María, ¿brillan?
-Sinceramente, para la hora a la que llego a casa no tengo mucho tiempo de fijarme. Casi siempre ceno solo, veo un poco las noticias y me acuesto.
-Claro, veo que no cenan juntos ustedes. ¿Qué le dicen el resto de pacientes al respecto?
-Pues verá señor Martínez, tengo varios diagnósticos. En la consulta de ayer con el señor Pérez, éste me dijo que quizás se trate de una falta de luz natural por pasar tantas horas en consulta. Me aconsejó salir a pasear a mediodía e intentar ir al monte los fines de semana. La señora García me dijo que me falta dulzor en la vida, que debería comer un trozo de pastel casero horneado con amor todos los días y el señor González cree que se debe a un hastío generalizado.
-¿No trabajaba con usted una enfermera? ¿Ella qué piensa?
-Bueno, para empezar me tiene un poco cansado así que no hablo mucho con ella. Estoy harto de que me diga siempre lo que tengo que hacer y de no poder siquiera organizar la agenda porque se va a tomar café y aquí hay muchísimo que hacer.
-Veo que ese tema le crispa un poco. Quizás debería decirle que se siente usted algo solo en este lugar y que necesita un poco más de compañerismo y empatía por su parte.
-Bueno, bueno, que eso son temas de trabajo y al final la que manda es la que manda, a ver si encima de perder el brillo me voy a quedar sin trabajo.
-¡Por Dios, no! Que eso no suceda ahora que vienen tiempos mejores y ahora hay demasiados trabajos. No es el mejor momento, que todo el mundo quiere cambiar y esta el mercado muy activo…Bien, centrémonos. Creo que puedo darle un diagnóstico para su falta de brillo. En primer lugar, creo que sus pacientes trabajan demasiado y que tantas consultas y diagnósticos le tienen un poco agotado. Piensa usted demasiado en sí mismo, y eso es muy solidario, pero quizás debería ser un poco más egoísta y escuchar a los demás. Hay muchas historias en el mundo que consiguen que a uno le brille hasta el alma. Por otro lado, el tema de María. Se siguen queriendo pero no se miran…No hay nada más triste que un amor perdido frente a la televisión. Quizás debería usted hacer todo lo que le dicen sus pacientes: comer un poquito de dulce, pasear y salir al monte, no pensar demasiado,  escuchar a sus propios pacientes y pasar tiempo con su mujer. Quizás debería usted intentar vivir la vida en vez de preguntar tanto sobre ella, ¿no cree? Usted mismo sabe lo que ocurre, tan solo tiene que aprender a escucharse un poco.
-Todo esto que dice es complicado, ¿no cree? Lo de escucharme ya me lo dijo un paciente con audífono. No sé, tengo bastante información de momento. Mire, de momento le cobro la consulta, que son 80€, me doy una vuelta y voy a ver si pongo todas estas ideas en su sitio. Muchísimas gracias y le volveré a llamar si tengo alguna duda.
-No hay de qué Dr. Fernández. Para cualquier cosa estoy a su disposición.

El Dr. Fernández se puso la cazadora y abandonó su consulta. Paseó al lado del río sintiendo el frío viento de enero en su cara y sonrió. Llegó a casa antes de la cena y se encontró a María en la cocina, llorando. La abrazó por la espalda y le besó el cuello, “te quiero”, le dijo.  Esa noche no cenaron, se abrazaron en la cama y se miraron sin luz, aunque tampoco hacía falta, bastaba con el brillo de sus miradas. 
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