Binomio fantástico: pompa y gato

Siempre dormía sobre el mismo muro. Al gato le gustaba quemarse el lomo con el sol de media tarde y ver a los niños jugando en el parque. Casi siempre jugaban a la pelota y se cuidaban mucho de no molestar al gato en su siesta diaria, aunque en los últimos tiempos los niños habían cambiado de juego y estaban entusiasmados con un nuevo descubrimiento: las pompas de jabón. Todos los días llenaban el parque de grandes pompas de tonos violetas y competían a ver quién conseguía hacer la pompa más grande.
Bien es sabido que los gatos son miedosos, pero también algo curiosos, así que una tarde en la que el sol no calentaba suficientemente fuerte como para dormir en el muro, el gato decidió acercarse a los niños y tocar una de las pompas gigantes. Una de ellas en concreto era de un dorado especial y su forma era tan redonda que recordaba a la luna llena. El gato se acercó y de repente, sin saber cómo, se encontró dentro de la pompa. Intentaba salir pero lo único que conseguía era rodar más y más, como un hámster. 
Poco a poco, sin darse cuenta, el gato empezó a elevarse en el cielo con su pompa. Se alejó de la plaza, de su pueblo, de su planeta y fue así como llegó a otro planeta en el que vivían todos aquellos que habían sido atrapados por una pompa de jabón. Era el planeta de las pompas perdidas y en él había desde moscas y pájaros que habían sido atrapados en el vuelo hasta niños que habían conseguido crear una pompa alrededor de ellos para viajar a un mundo lejano y fantástico. En este planeta de jabón el contacto era complicado. Todos vivían aislados, con miedo de explotar su burbuja, así que pasaban la mayor parte del tiempo ensimismados en sus propios pensamientos, tristes por no poder tocar el mundo, sin sentimientos por no poder oler la vida, por no poder sentir el viento.
El gato era perezoso, así que pronto comenzó a ronronear dentro de su pompa, sintiendo el calor del sol, aún más cercano, calentando su lomo a través del jabón como en un invernadero. Podía dormir y dar vueltas al planeta dejándose acunar con la inercia de cada giro, pero el gato no se daba cuenta de la velocidad que iba ganando en cada vuelta. Cada vez más rápido, el gato ya no sabía qué era arriba y qué era abajo. Continuó durmiendo, roncando y ronroneando hasta que un buen día, ¡Zas! La pompa explotó y el gato cayó de morros al suelo. Qué distinto era el mundo fuera de su pompa. Todo parecía más pesado, el viento era frío, los olores demasiado fuertes. Se sentía vulnerable y expuesto. Intentó meterse en las burbujas de otros gatos, de otros pájaros, pero estos soplaban dentro de su burbuja para alejarse de él. “¿qué era esa cosa que estaba fuera de una burbuja?”, pensaban.
El gato se sentía solo, muy solo. Cada ser en el planeta vivía una existencia aislada e individual. Comenzó a sentirse triste, deprimido. No podía dormir, anhelaba la compañía de otros seres, la seguridad de su pompa y se preguntó cómo podía haber vivido anteriormente sin darse cuenta de aquello. Recordó su infancia en la que jugaba con otros gatos, los niños que jugaban a la pelota y le tiraban del rabo, el muro y las siestas bajo el sol,  el sabor agrio de la leche al relamerse los bigotes después de comer.
El gato comenzó a idear cómo volver a su planeta, aquel en el que todos se chocaban y en el que había que lamerse todo entero para evitar los olores que se pegaban a su pelo al buscar raspas de pescado en la basura. Después de darle muchas vueltas, se le ocurrió que podría hacer lo mismo, hacer una gran pompa de jabón, meterse en ella y volver. Así que esto es lo que hizo. Creó una pompa a su alrededor y sopló mientras estaba dentro. El gato se elevó y comenzó a viajar por estrellas y galaxias hasta llegar de nuevo al planeta tierra. Cuando aterrizaba, un grupo de niños se quedó mirándolo extrañados. “¡Un gato en una burbuja!”. Sorprendidos, corrieron hacia él. Todos querían tocar aquella pompa que tenía destellos dorados y violetas así que con palos, manos y agujas explotaron la pompa. El gato quedó de nuevo expuesto a su mundo, el real, aquel en el que todo olía y todo se sentía. Si hubiese sido humano se podría haber apreciado su sonrisa mientras el grupo de niños le tiraba de los bigotes y del rabo. Tanto dolor y tanto placer al mismo tiempo. “Quizás la convivencia, quizás la realidad, quizás la vida, sea una mezcla de todo”. Cerró los ojos, se dejó tirar y acariciar y ronroneó.

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