Solo but not lonely

10 de agosto de 2015


Fui curiosa y aventurera desde que era pequeña, me gustaban los viajes improvisados con mis padres, aquellos en los que los itinerarios se decidían en la cena del día anterior. Quería creerme que formaba parte de aquellos libros de historias fantásticas y viajes interminables que leía por las noches y aunque sufría cada vez que me llevaban a la montaña los fines de semana, siempre quería volver a lugares remotos, allá donde cualquier cosa podía ocurrir.

Desde jovencita (como aquella vez que me enviaron a Inglaterra con 12 años y ya no quería volver) he tenido la gran capacidad de conocer a mucha gente, de amoldarme a una cultura, a un lenguaje, a rebuscar y creer firmemente que hay personas maravillosas escondidas en cada cultura, incluso en aquellas que nos puedan parecer lejanas. Nunca busqué realmente un compañero de viaje, tampoco esperé a que alguien decidiera un viaje por mí. Siempre miré los mapas, leí libros o conocí a personas que me hicieron perder la cabeza hasta el punto de empaquetar mi vida y volar a Australia con tan solo un billete de ida.

Comencé a trabajar muy pronto y cuando no podía ahorrar suficiente, trabajaba mientras viajaba. Con 19 años, y en mi primer descanso de verano universitario, me tragaba mi orgullo de niña bien limpiando los baños de un hotel en New Hampshire en EE.UU. y me pagaba un viaje a Canadá con las propinas que ganaba en el restaurante.
Múltiples destinos, vuelos, esperas y tantas y tantas personas. Es maravilloso poder relatar historias de viajes y que las frases comiencen con un “pues no sabes lo que me pasó en…” o “En…conocí a una persona maravillosa”, siendo yo misma una de esas personas a las que conocí. Encontrar almas tan similares, igual de curiosas y alocadas, descubrir que existen millones de maneras de hacer reír, de brindar y de saludar. Sentir que el mundo es una borrachera de colores y que en cada esquina, en cada lugar existe siempre una aventura.

No siempre podemos viajar pero tampoco creo que necesitemos irnos demasiado lejos para conocer y descubrir. Me gusta cambiar el recorrido de mi camino a casa, cambiar las horas en las que hago algo, aprender y estudiar, sorprenderme siempre con lo nuevo y disfrutar de lo conocido en el regreso. Querer conocer, querer vivir, siempre.
Cada uno de nosotros tiene una experiencia vital única que se potencia aún más cuando viajamos solos. Durante mucho tiempo mis viajes eran limitados porque, como todo el  mundo, a veces tenía miedo. No me asustaban las personas o los lugares, pero me aterrorizaba la soledad. Sentía que el resto de viajeros me miraban pensando que debía de ser una persona insoportable para tener que viajar sola. Me daba vergüenza entrar sola en un restaurante, salir de noche y tomar una copa de vino en una terraza sin compañía. Atreverse a ser la primera en hablar con un desconocido en un tren, aburrirse y dar mil vueltas al mismo lugar, encontrarse desamparada y atrapada en una habitación de hotel buscando un idioma común en la televisión. Viajar sola no es siempre es fácil. No siempre aparece la persona de tus sueños y en muchas ocasiones los días no son largos, sino eternos.
Sin embargo, viajar solo es un reflejo exacto de nuestro estado de ánimo, es una conversación constante con nuestro mejor y peor compañero de viaje, aquel con el que reímos y aquel al que abandonaríamos en una estación de tren: nosotros mismos. Con los años he descubierto cómo he ido cambiando a través de cada viaje. De una chica insegura que se lanzaba a la aventura por ser incapaz de mantener los pies en la tierra a una mujer decidida, segura, tranquila y no por ello menos aventurera. No es lo mismo estar solo que sentirse solo y todos merecemos un tiempo para poder experimentar por nuestra cuenta las bellezas de este mundo, sentir en primera persona las pupilas dilatadas ante lo nuevo, el silencio en el caos que nos rodea y el a veces incesante ruido de nuestro interior.
Aprender a estar en calma con uno mismo y abrirse a todo lo que nos rodea es el mejor regalo de moverse en soledad. No hay nada malo en no conversar cuando realmente en nuestro día a día buscamos desesperadamente un espacio en el que nadie nos moleste, en el que poder “pensar”. Cuando viajas solo es posible vivir la libertad de poder decidir y hacer lo que quieres cuando quieres, desde conocer a gente nueva hasta permanecer tumbado sin hablar durante horas.

Realmente los mayores miedos están en nuestra cabeza porque no sabemos divertirnos con nosotros mismos pero una vez perdemos el miedo a lo desconocido y al silencio, aparece ante nosotros un mundo lleno de posibilidades. ¿Qué te apetece hacer? Dítelo a ti mismo porque es posible. No necesitas a nadie para hacerlo. Puedes bañarte en el mar, mirar las estrellas, comer en el lugar que desees (si lo puedes pagar claro), hablar con desconocidos y sobre todo, puedes ser tú todo el rato porque a ti mismo, tu único compañero, seguro que no le importa demasiado. Nunca sabes lo que te puedes encontrar pero seguro que estarás atento.

Al fin y al cabo no hay nada más bello que dejar que la vida suceda. 
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