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Me confundí y cambié tu corazón por una manzana igual de roja, casi igual de sabrosa. Ignoré las palabras de mi madre, que las manzanas llenan pero no tienen sustancia. Comí una manzana tras otra, amarillas, verdes y rojas, dejando solo el rabito como muestra de este atracón de falso amor, de esta tripa llena de agua y azúcar.

Me tumbé a descansar después de comer. Dormí y soñé. Desperté en una habitación en un valle lejano, sin manzanas a mi alrededor y sobre todo, sin tu corazón.
Ahora, estúpida de mí, con el estómago vacío, me doy cuenta de que tu corazón ya se ha ido.

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